Blog de Educación para padres y madres

PorAraceli Vega

¿Quieres hacer lo que te he pedido, por favor? :) … La colaboración de tu hijo

Te levantas por la mañana muy temprano y tienes que prepararte tú y organizar todo para que tu hijo o hija vaya al colegio; es preciso que todo esté listo a tiempo para ti y para él. Necesitas su colaboración.

Lo recoges del colegio y te mueves para llevarlo a las actividades extraescolares, darle la merienda, que haga los deberes… Vuelves a necesitar su colaboración.

Llega la hora de la cena, tienes que dejar todo preparado para el día siguiente, atenderlo, acostarlo… Sigues necesitando su colaboración.

¿Qué ocurre cuando esa colaboración no se produce? Suele haber conflictos ¿verdad? Te sientes presionado a veces por horas o plazos, o estresado por tener que hacer mucho en poco tiempo, incluso puede que te sientas irritado….

Así es nuestra dinámica como padres o madres en muchos momentos. El proceso de educar necesita de la colaboración de nuestros hijos, algo que a menudo no obtenemos con facilidad. Así que vamos a tener que tocar resortes en él o ella que le induzcan a esa colaboración. Porque con la colaboración, podremos ajustarnos al ritmo normal del día y, sobre todo, nos será posible darle la educación que pretendemos.

Pero ¿qué es lo que nos impide tener esa anhelada colaboración? Hay diferentes razones.

A veces nuestro hijo adolescente se deja llevar por la pereza o por la dejadez para hacer lo que corresponde en el momento: colaborar con la tarea asignada en casa (tirar la basura, poner la mesa o el lavavajillas) Y nos toca al padre o a la madre lidiar con sus vaivenes emocionales llevarle a hacerla.

Y lo mismo ocurre con nuestro hijo pequeño, que se estanca por la mañana y no hay manera de que se vista y desayune a tiempo, o haga los deberes con facilidad.

Además de que pueda surgir la pereza, en los niños, hay otro factor, y es que van a otro ritmo completamente diferente al nuestro: por biología de su cerebro ellos viven el momento con intensidad y siempre buscan el placer del juego.

Así que ¿cómo podemos obtener esa colaboración de manera sencilla?

Como pauta general, con cercanía y haciéndole sentir atractivo o agradable lo que le pedimos. Imponiéndole y con gritos obtendremos poco y probablemente la situación se repita una y otra vez.

Por ejemplo, queremos que nuestro hijo ordene el cuarto, pues podemos organizar por la tarde o el sábado por la mañana un momento de orden y limpieza para todos. Tu hijo o hija ordena su cuarto y tu ordenas otra parte de la casa; puedes poner música y convertir esto en un momento agradable para todos.

Quieres que haga los deberes a tiempo, proponle hacerlos y después juega contigo o con su juego favorito.

Por las mañanas, busca un instante para una sonrisa y si es una carcajada mucho mejor que distienda las prisas. A veces, en medio de la carrera matutina de nuestra familia, ha ocurrido algo gracioso y todos nos hemos echado a reír. Y eso ha distendido las prisas y hemos recuperado la sensación de bienestar en momento.

Y por supuesto, todo esto de lo que hemos hablado también incluye la firmeza en insistir en que tu hijo o hija haga lo que sabes que es más conveniente para él, pues de otro modo esta pauta de aligerar no sería buena desde el punto de vista educativo.

Si deseas saber más sobre la colaboración puedes entrar aquí.

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PorAraceli Vega

Ayudar a tu hijo a tener responsabilidad

Como padres o madres podemos tener una cierta tendencia a sobreproteger a nuestros hijos, pero es necesario que recordemos una y otra vez que sobreprotegerlos no les va a ayudar a  avanzar en su desarrollo. Un niño necesita sentir que es capaz por sí mismo para poder evolucionar hacia sus mejores posibilidades.

Ayudarle a sentir esa capacidad supone que no le solucionemos todas sus dificultades. Por supuesto, no me estoy refiriendo a dejar que tu hijo entre en un peligro y no hagas nada por evitarlo, porque eso sería una negligencia. Por ejemplo, permitir que cruce la calle con un semáforo en rojo. Me refiero a permitir que aprenda las consecuencias de sus actos o actitudes.  

Ángel de 7 años solía olvidarse el tentempié para el recreo del colegio casi cada día. Habitualmente la madre o el padre tenían que estar pendientes de que lo llevaba en su mochila en el último instante antes de salir de casa. Así que cuando ellos no lo hacían, la madre solía ir al colegio para llevárselo. Realmente esto se había acabado convirtiendo en algo muy frecuente.

En una de las reuniones de los padres con el tutor, este habló de las dificultades del niño para responsabilizarse de algunas tareas en los grupos de trabajo. A menudo se olvidaba de hacerlas y tampoco mostraba una gran preocupación cuando se lo señalaban.

Al regresar a casa, los padres decidieron actuar con respecto a esto y comenzaron por el tentempié. Así que después de la reunión, el primer día que Ángel se olvidó las galletas y el zumo, la madre aguantó las ganas de llevárselos. Cuando llegó a recoger al niño, estaba muy enojado y lo primero que escuchó fueron reproches por no traérselo. La madre le dio una excusa y habló de la necesidad de que se ocupara cada mañana él mismo.

A la mañana siguiente, el tentempié volvió a quedarse en casa y esta vez, cuando la madre lo recogió, el niño empezó a llorar y a quejarse del hambre que tenía, además de enojarse mucho con ella. La madre insistió en que lo hiciera él.

Al día siguiente, la madre tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no llevárselo, además de luchar  contra el sentimiento de culpa por el hambre que podía pasar el niño, pero se aguantó pensando en que sentir las consecuencias le llevaría a tomar una mayor responsabilidad. Ese día Ángel no protestó ni lloró. Le dijo que había hablado con su tutor, quien también le aconsejó repasar el mismo su mochila antes de salir: “Mañana no se me va a olvidar”, le aseguró a la madre.

Y así fue, desde ese día recordó llevar el tentempié todos los días.

Este asunto marco un punto de inflexión en esa tendencia de Ángel a dejar la responsabilidad a otros, de forma que su grado de implicación y compromiso comenzaron a aumentar también en el colegio.

Experimentar las consecuencias naturales de las acciones es importante para un niño, por supuesto consecuencias que no entrañen peligro y que no supongan un gran problema. Nunca dejaremos que el niño experimente las consecuencias que afectan a su seguridad, a su salud o a su autoestima. Pero dejar que el niño viva lo que se deriva de sus acciones de menor importancia, le va a ayudar a ser más responsable, a concentrarse mejor e incluso podrá desarrollar la empatía al entender la forma en que esas acciones pueden afectar a otros.

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PorAraceli Vega

Educar a mi hijo adolescente desde la confianza

Una de las actitudes que mejores resultados me ha dado siempre con los adolescentes, como profesora, es encontrar a toda costa lo positivo y valioso que ellos tienen, dejado espacio a que muestren sus mejores posibilidades.

La adolescencia es una etapa retadora, sin duda, porque hay muchos cambios físicos, psíquicos y emocionales, pero también es una etapa de un potencial extraordinario, porque se pueden desplegar los mejores sentimientos y hacer emerger capacidades insospechadas. Cuando le damos la oportunidad, los valores y actitudes que puede manifestar un adolescente pueden llegar a ser incluso sorprendentemente admirables.

Soraya de 14 años llegó a casa un sábado a la hora que sus padres le habían asignado. Justo cuando iba a colgar su chaqueta en el perchero, se salió un paquete de cigarrillos de uno de los bolsillos y cayó al suelo. La chica se quedó pálida ante la mirada en silencio de su madre.
Era fácil comenzar una buena reprimenda y tener esa noche un gran disgusto con reunión familiar solemne incluida. Pero la madre decidió simplemente mirar a Soraya en silencio mientras ella recogía el paquete del suelo.

– Eso ¿es tuyo? – Le preguntó, cuando Soraya comenzó a morderse el labio inferior, mientras guardaba el paquete en el bolsillo.
– No –respondió rápidamente con cierto alivio de ver que el tono de su madre parecía inocente y no tenía reproche- Es de una amiga, no es mío.

La madre se dirigió a la cocina en silencio, mientras pensaba cómo abordar esta situación. Estaba muy enojada y triste, porque su hija no solía mentirle habitualmente, aunque es cierto que últimamente se mostraba más silenciosa de lo habitual. Disimuló la intensa preocupación que sentía pensando que quizá no solo estaba fumando, sino también bebiendo y le puso la cena en la mesa. Estaban solas las dos en la cocina, pues su padre y su hermano pequeño estaban en el salón.
Recordó algunos momentos de su adolescencia y le dijo:

Quizá es difícil para ti mantener las ideas que te hemos enseñado de tener una vida sana, cuando tu amiga fuma ¿verdad?
– Sí que lo es, mamá – respondió bajando la cabeza.
– Pensarán que eres una antigua o algo así.
Soraya asintió.

– Probablemente quieres hacer lo mismo que tus amigas para que te acepten; a mí también me ocurría cuando salía con ellas. Yo sé que tú no nos ocultas las cosas importantes… Sabes que puedes contar con nosotros para todo, ¿verdad?
Soraya había dejado la cuchara sobre la mesa, mientras una lágrima empezaba a rodar por su mejilla.
– Tu padre y yo queremos lo mejor para ti y puedes contárnoslo todo. Aunque sé que ya lo sabes, espero que lo recuerdes y confíes en nosotros.
Soraya abrazó en silencio a su madre y no hablaron más del asunto.

Una semana más tarde, mientras estaban otra vez las dos solas, le habló de que su amiga Yoli había dejado de fumar; se la veía contenta. Le contó que por su parte había estado rechazando los cigarrillos cuando se los pasaba su amiga, y también había empezado a hacerlo otra chica del grupo.
La madre sonrió con unas palabras de aprobación. Agradeció internamente que la confianza en que su hija sería capaz de tomar las mejores decisiones, se hubiese visto cumplida.

Esta es la capacidad que tienen los adolescentes de hacer cambios muy rápidos, y especialmente cuando encuentran la confianza y la claridad de los valores en casa. Una confianza que le ayuda a tomar las mejores decisiones.
Cada vez que nos fijamos en lo positivo que hacen o dicen y confiamos en sus mejores posibilidades, abrimos la puerta a sea viable que lo manifiesten.

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PorAraceli Vega

Educar sin castigos, mejor con firmeza afectuosa

¿Te ha ocurrido que tu hijo o tu hija actúa de manera inadecuada y se te hace imposible pararle? Cuando vas a decirle que no está bien que maltrate a su hermano pequeño, o quieres que detenga su actitud caprichosa y lo que le dices no tiene ningún efecto.

Rocío tenía un niño de 6 años, Jorge, que era muy inquieto y la mayor parte de las veces no hacía ningún caso a su madre. Ella estaba desesperada de ver el comportamiento del niño en el parque, en el supermercado o cuando estaban con otras personas, y sentía las miradas de reprobación de los que le rodean porque era incapaz de pararle.

Como madre, siempre soñó para su hijo una educación estupenda en la que Jorge no tuviera que sufrir el autoritarismo que padeció con su padre y en la escuela. Así que, cuando Jorge hacía algo inadecuado, evitaba deliberadamente gritarle o castigarle como lo hacían con ella.

Y es que resulta muy lógico que Rocío quisiera evitar cualquier sufrimiento a su hijo, porque no conozco ninguna madre o padre que naturalmente no trate de evitar el dolor de su hijo o hija.  Pero la realidad era que no tenía ningún control sobre Jorge y no sabía cómo abordar su educación.

Una de las cosas que aprendió Rocío en el curso que hizo conmigo, fue qué significaban los berrinches de Jorge, cuando estaba siendo firme con él para que no molestara a otros niños o hiciera lo que ella le pedía. No eran la manifestación de un trauma o perjuicio. Eran la forma que Jorge tenía de protestar al no poder seguir haciendo lo que le apetecía. No fue fácil para Rocío al principio, pero a fuerza de reflexionar y poner en práctica los recursos que aprendió en el curso, fue capaz de reconducir el comportamiento de Jorge.  

Uno de esos recursos fue el ser capaz de poner consecuencias al comportamiento de Jorge, pero consecuencias que condujeran al niño hacia una conducta útil. Erradicó de su pensamiento la palabra “castigo” (algo que a ella le enojaba mucho de pequeña) y entendió la diferencia con poner consecuencias.  Porque comprendió la necesidad de que su hijo aprendiera que su forma de actuar, generaba efectos. Así, por ejemplo, si pegaba a algún niño, Rocío se llevaba inmediatamente a Jorge del parque para hablar de lo que había ocurrido y hacerle ver otra forma no violenta de resolver los conflictos.

Hoy Jorge tiene 10 años y las cosas han cambiado mucho. Rocío ha aprendido a tratarle con esa firmeza afectuosa que ella siempre buscó, pero que no sabía cómo poner en práctica.

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PorAraceli Vega

Cómo Solucionar la Falta de Colaboración de mi Hijo

Cuando queremos que nuestro hijo  o hija haga los deberes o colabore en una tarea de la casa y se lo pedimos pero no nos hace ningún caso, o se niega rotundamente ¿qué podemos hacer?. Como padres o madres, a veces nos enojamos, o buscamos formas de obligarle a hacer lo que sabemos que es beneficioso para él.

En medio de tantas obligaciones como nos acompañan a los padres cada día, a veces nos sentimos abrumados por esta clase de situaciones y sentimos que no tienen ningún efecto en nuestro hijo lo que hagamos o digamos.

Paula encuentra el cuarto de su hija Laura, de 11 años, con la ropa que se puso el día anterior revuelta en una silla y la cama sin hacer, el sábado por la mañana, justo antes de la comida.  Puede que el primer sentimiento sea de enojo y lo primero que le diga es algo como: “¿Pero no has hecho la cama ni has ordenado la ropa?….es que…. ( frases de reproche)”  Y ¿cuál es el efecto de esto?. La niña lo hará o no, pero existen altas probabilidades de que haya una discusión con el desgaste emocional y mental que supone para Paula.

De manera casi automática vamos a señalar una y otra vez lo que el niño está haciendo mal o no está haciendo, y efectivamente nuestras palabras no tienen ningún efecto positivo.  ¿Hay otra forma más efectiva de afrontar estas situaciones? 

Sí y tiene un efecto más práctico en el niño, con mayor armonía para tu relación con él. Y es centrarnos en decirle cómo solucionar el problema y no en reprocharle.  Decirle lo que es necesario hacer con seguridad y confianza. Mostrarle las acciones precisas con una firmeza  que refleja también nuestro afecto.

Centrarnos en la solución y no en el reproche es una forma muy efectiva de conseguir la colaboración de nuestro hijo o hija en todo aquello que los padres queremos dar a nuestro hijos, porque consideramos que es lo mejor para ellos.

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