Educar sin castigos, mejor con firmeza afectuosa

PorAraceli Vega

Educar sin castigos, mejor con firmeza afectuosa

¿Te ha ocurrido que tu hijo o tu hija actúa de manera inadecuada y se te hace imposible pararle? Cuando vas a decirle que no está bien que maltrate a su hermano pequeño, o quieres que detenga su actitud caprichosa y lo que le dices no tiene ningún efecto.

Rocío tenía un niño de 6 años, Jorge, que era muy inquieto y la mayor parte de las veces no hacía ningún caso a su madre. Ella estaba desesperada de ver el comportamiento del niño en el parque, en el supermercado o cuando estaban con otras personas, y sentía las miradas de reprobación de los que le rodean porque era incapaz de pararle.

Como madre, siempre soñó para su hijo una educación estupenda en la que Jorge no tuviera que sufrir el autoritarismo que padeció con su padre y en la escuela. Así que, cuando Jorge hacía algo inadecuado, evitaba deliberadamente gritarle o castigarle como lo hacían con ella.

Y es que resulta muy lógico que Rocío quisiera evitar cualquier sufrimiento a su hijo, porque no conozco ninguna madre o padre que naturalmente no trate de evitar el dolor de su hijo o hija.  Pero la realidad era que no tenía ningún control sobre Jorge y no sabía cómo abordar su educación.

Una de las cosas que aprendió Rocío en el curso que hizo conmigo, fue qué significaban los berrinches de Jorge, cuando estaba siendo firme con él para que no molestara a otros niños o hiciera lo que ella le pedía. No eran la manifestación de un trauma o perjuicio. Eran la forma que Jorge tenía de protestar al no poder seguir haciendo lo que le apetecía. No fue fácil para Rocío al principio, pero a fuerza de reflexionar y poner en práctica los recursos que aprendió en el curso, fue capaz de reconducir el comportamiento de Jorge.  

Uno de esos recursos fue el ser capaz de poner consecuencias al comportamiento de Jorge, pero consecuencias que condujeran al niño hacia una conducta útil. Erradicó de su pensamiento la palabra “castigo” (algo que a ella le enojaba mucho de pequeña) y entendió la diferencia con poner consecuencias.  Porque comprendió la necesidad de que su hijo aprendiera que su forma de actuar, generaba efectos. Así, por ejemplo, si pegaba a algún niño, Rocío se llevaba inmediatamente a Jorge del parque para hablar de lo que había ocurrido y hacerle ver otra forma no violenta de resolver los conflictos.

Hoy Jorge tiene 10 años y las cosas han cambiado mucho. Rocío ha aprendido a tratarle con esa firmeza afectuosa que ella siempre buscó, pero que no sabía cómo poner en práctica.

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